El progresivo envejecimiento de la población está transformando por completo el perfil de los pacientes que atiende el sistema sanitario. Cada vez son más frecuentes las personas mayores con múltiples patologías, polimedicación, limitaciones funcionales y una elevada vulnerabilidad clínica. En este contexto, la fragilidad se ha convertido en uno de los grandes retos asistenciales actuales.
La fragilidad no es simplemente consecuencia de la edad. Se trata de un síndrome clínico que implica una disminución de la reserva fisiológica y una mayor vulnerabilidad frente a situaciones de estrés, como una infección, una intervención quirúrgica o incluso un ingreso hospitalario. Pacientes aparentemente estables pueden sufrir un deterioro funcional importante tras un episodio agudo relativamente leve.
En muchos casos, el principal problema del paciente frágil no es debido a una única enfermedad concreta, sino la interacción entre múltiples patologías, la pérdida progresiva de autonomía y el impacto funcional que todo ello genera.
La insuficiencia cardiaca, la diabetes, la enfermedad renal, la EPOC, la demencia, la hepatopatía crónica o las infecciones recurrentes suelen coexistir en este perfil de pacientes. A ello se suman factores como la desnutrición, el aislamiento social o la dificultad para mantener un adecuado autocuidado.
Por eso, el abordaje clínico no puede centrarse únicamente en el diagnóstico o en el tratamiento farmacológico. Evaluar la funcionalidad, la capacidad de autonomía, el riesgo de caídas, el estado nutricional o el entorno social resulta tan importante como controlar una analítica o ajustar una medicación.
La hospitalización como momento de riesgo
El deterioro funcional asociado a la hospitalización no es una complicación secundaria, sino un resultado clínico principal del ingreso hospitalario. Este identifica la pérdida de capacidad para realizar con independencia las actividades básicas de la vida diaria (ABVD), que ocurre durante el ingreso hospitalario por enfermedad aguda, oscilando entre el 35 y el 50% de los ancianos, sobre todo cuando la entidad fundamental es la quirúrgica.
El ingreso hospitalario supone un punto especialmente delicado para los pacientes frágiles. La inmovilización prolongada, las infecciones asociadas, los cambios terapéuticos y el deterioro cognitivo o el delirium pueden provocar pérdidas funcionales importantes en pocos días.
De hecho, muchos pacientes mayores no recuperan completamente su situación basal tras el alta, incluso aunque el problema agudo haya sido resuelto. Esto convierte la prevención del deterioro funcional en una prioridad asistencial.En este escenario, la Medicina Interna desempeña un papel especialmente relevante por su capacidad para integrar todos los factores que influyen en la salud del paciente. El internista no aborda únicamente una enfermedad concreta, sino el conjunto de condiciones clínicas, funcionales y sociales que determinan la evolución del paciente mayor complejo.
Además, la coordinación con otros profesionales sanitarios y con el ámbito sociosanitario resulta fundamental para garantizar una atención continuada y evitar nuevas descompensaciones.