Contexto clínico y justificación
La prevención cardiovascular ha demostrado ser una de las herramientas más eficaces para reducir la aparición de enfermedades que continúan teniendo un importante impacto sobre la salud de la población. Hipertensión, diabetes, alteraciones del colesterol, tabaquismo, obesidad o sedentarismo son factores ampliamente conocidos.
Los adultos mayores y los pacientes con múltiples enfermedades crónicas concentran la mayor carga de enfermedad cardiovascular (ECV), pero están infrarrepresentados en los ensayos clínicos que sustentan las guías. Esto genera incertidumbre sobre la aplicabilidad de los objetivos estándar en personas con fragilidad, dependencia funcional, deterioro cognitivo o esperanza de vida limitada.
En estos pacientes, el riesgo de efectos adversos (hipotensión ortostática, caídas, daño renal agudo, hipoglucemias, polifarmacia) puede superar el beneficio de un control muy estricto si no se adapta a su situación global. Por ello, las guías europeas y norteamericanas más recientes enfatizan la individualización de objetivos y la evaluación sistemática de fragilidad, comorbilidad y dependencia funcional antes de fijar metas terapéuticas (1).
En pacientes con múltiples enfermedades, abordar cada factor de riesgo de manera aislada puede resultar insuficiente. La realidad clínica es mucho más compleja y obliga a considerar cómo interactúan entre sí las diferentes patologías, los tratamientos y las características individuales de cada persona.
Principios generales de individualización
El objetivo de la prevención no debería ser únicamente alcanzar determinados valores en una analítica o una cifra concreta de presión arterial. Debe orientarse a reducir el riesgo global y mejorar la salud a largo plazo de una manera que sea asumible para el paciente. La prevención cardiovascular comienza por identificar el riesgo de cada persona, pero continúa con la adaptación de las recomendaciones a sus circunstancias (2).
Antes de establecer metas de presión arterial (PA), lípidos o glucemia, se recomienda valorar la fragilidad con herramientas validadas (Clinical Frailty Scale), cuantificar la carga de comorbilidad (Charlson Comorbidity Index), evaluar la dependencia funcional (Actividades Básicas/Instrumentales de la Vida Diaria, Katz) y considerar la esperanza de vida estimada (3).
Las medidas relacionadas con la alimentación, la actividad física, el abandono del tabaco o el control de los factores de riesgo pueden ser muy beneficiosas: El cese total del tabaquismo sigue siendo prioritario en casi todos los pacientes, dado el beneficio rápido en reducción de eventos también en edades avanzadas. Se recomienda actividad física adaptada a las recomendaciones estándar, promoviendo ejercicio de fuerza, equilibrio y marcha en pacientes frágiles para prevenir caídas y mantener autonomía. Se mantiene la recomendación de dieta mediterránea con ajuste a situaciones de desnutrición, disfagia o limitaciones socioeconómicas. Respecto a la evitación de la obesidad, remarcar que, en pacientes mayores y frágiles, la pérdida de peso intencionada debe valorarse con cautela por riesgo de sarcopenia (4).
En una persona joven con pocos factores de riesgo, una estrategia preventiva puede centrarse en cambios de hábitos y control periódico. En cambio, un paciente mayor con limitaciones funcionales los objetivos deben establecerse pasando de un modelo centrado en la enfermedad a uno centrado en el paciente, priorizando mantener o mejorar la calidad de vida y la autonomía funcional, evitar hospitalizaciones y eventos discapacitantes, y minimizar la carga terapéutica y la polifarmacia innecesaria.
Recomendaciones orientativas para la práctica clínica
La prevención también requiere revisar periódicamente las decisiones tomadas. Las necesidades de una persona cambian con el tiempo y lo que resulta adecuado en una determinada etapa puede necesitar ajustes posteriormente.
Necesitamos de forma periódica documentar la fragilidad y dependencia, revisar periódicamente la relación beneficio-riesgo de cada fármaco (especialmente en contextos de cambio funcional, hospitalización o aparición de nuevas comorbilidades), y priorizar la simplificación terapéutica. Asimismo, tenemos que involucrar al paciente y cuidadores en la definición de objetivos, y monitorizar efectos adversos de forma proactiva.
Conclusión
La prevención cardiovascular del futuro deberá ser, por tanto, cada vez más personalizada. Frente a una medicina centrada en controlar factores de riesgo aislados, será necesario avanzar hacia estrategias que entiendan al paciente en su conjunto (1).
El papel de la Medicina Interna es especialmente relevante en este contexto. La especialidad atiende a muchos pacientes en los que convergen diferentes factores de riesgo y enfermedades crónicas, y puede integrar las distintas estrategias preventivas evitando recomendaciones contradictorias o excesivamente complejas.
BIBLIOGRAFÍA
(1) Gian Marco Dacquino, Giuseppe Galati, Luca Genovese, et al. Cardiovascular risk management in the elderly: a dilemma in daily clinical practice, European Journal of Preventive Cardiology, Volume 33, Issue Supplement_3, August 2026, Pages iii13–iii25, https://doi.org/10.1093/eurjpc/zwag316
(2) Roberto F E Pedretti, Riccardo Asteggiano, Andreas B Gevaert, et al. Cardiovascular risk factors management in older adults: a clinical consensus statement from the European Association of Preventive Cardiology of the ESC and the ESC Council for Cardiology Practice, European Journal of Preventive Cardiology, 2025;, zwaf175, https://doi.org/10.1093/eurjpc/zwaf175
(3) Nguyen, T.N., Woodward, M., Butt, J.H. et al. Optimizing cardiovascular pharmacotherapy in older adults with frailty. Nat Rev Cardiol 23, 433–443 (2026). https://doi.org/10.1038/s41569-025-01244-w
(4) Troy AL, Anderson TS, Razavi AC, Schott SL, Spitz JA, Blumenthal RS. Personalizing prevention for healthy cardiovascular aging: Geriatric cardiology in the 2024-2025 hypertension and dyslipidemia guidelines. Am J Prev Cardiol. 2026 Jan 3;25:101410. doi: 10.1016/j.ajpc.2026.101410